Me cuentan mis alumnos que en algunas clases de la universidad prohíben a los estudiantes tomar apuntes con el ordenador. Incluso en algunas bibliotecas empieza a haber salas de estudio donde está prohibido teclear. El motivo parece simple: el ruido de las teclas distrae al profe o a los de alrededor. Pero hay más… Párate a pensarlo un segundo: Llegas a clase, el profe empieza a soltar su rollo y, de repente, parece que estás en medio de un torneo de gamers. Todo el mundo tecleando en sus portátiles o tablets a toda pastilla. Vale, sí, el teclado es comodísimo y vas a la velocidad de la luz, pero, seamos sinceros: ¿de verdad te enteras de algo de lo que estás escribiendo? En esta carrera por ser el más rápido en pillar apuntes, nos estamos olvidando del mejor truco que existe para estudiar: coger un boli de los toda la vida.
Nos hemos acostumbrado a trabajar a toda velocidad, y cuando usamos el teclado para estudiar, entramos en modo «transcripción automática». Nos convertimos en simples taquígrafos: copiamos literalmente lo que escuchamos o leemos sin llegar a procesarlo. Sin embargo, escribir a mano es mucho más lento, y justo ahí está la magia. Como físicamente no te da la vida para apuntar cada palabra, tu cerebro tiene que espabilar. Te obliga a escuchar de forma activa, a filtrar qué es la paja y qué es lo importante, y a resumirlo con tus propias palabras en el papel. Ese pequeño esfuerzo de «masticar» la información es el primer paso para comprenderla y memorizarla mejor.
Además, hay un componente físico y visual que el teclado no te da. Hacer tus propios esquemas sobre la marcha, poner flechas, usar distintos colores, encerrar en un círculo lo importante… Todo eso crea un mapa mental en tu cabeza. Tu cerebro recuerda mucho mejor el esfuerzo de trazar una letra y en qué parte de la página lo pusiste, algo que se pierde totalmente en un documento de Word donde todo el texto es idéntico.
Y por último, hablemos del problema evidente: las distracciones. Intentar concentrarte en la misma pantalla donde tienes el correo electrónico, el WhatsApp Web abierto o las redes sociales es casi un deporte de riesgo. Un folio en blanco, en cambio, es un refugio. Es tu espacio libre de interrupciones para blindar tu concentración.
Nadie dice que renuncies al portátil para organizar tu temario, investigar o trabajar; hoy en día es imprescindible. Pero cuando llegue la hora de sentarte a interiorizar y aprender de verdad, haz la prueba. Cierra la pantalla, saca el papel y vuelve al boli.
Rosana Díaz